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En recuerdo de Nacho García Valiño (1968-2014)

Conocí al Nacho al que aún nadie conocía, y apenas llegué a conocer al que fue conocido por todos.

Por circunstancias que no vienen al caso y que pertenecen a nuestra común memoria privada, la vida nos agitó en el mismo cubilete allá por nuestros veinte años. Él daba un fenotipo peculiar y poco visto, de los que desafían el primer repaso, tal vez por el contraste entre la aparente fortaleza de su mandíbula y el aspecto debilucho de su pelo enrubiado que caía insuficiente y enclenque en flequillo ochentero sobre una frente demasiado alta. Entre ambos, se hundían dos pequeños ojos claros que parecían psicoanalizarte o convertirte en potencial personaje de relato cuando te escrutaban al primer silencio. Por entonces él estudiaba Psicología, creo recordar que en la Universidad de Comillas, y yo Biología en la Autónoma. Su poco atlética presencia y su carácter soñador eran motivos idóneos para erigirse en el perro verde del ambiente en el que la tradición familiar le había colocado y en el que nunca llegó a descuajarse: la llamaban “la Gene”, nada menos que la residencia de estudiantes Generalísimo Franco, junto a la Escuela Oficial de Idiomas de Madrid. Se escapaba de allí siempre que podía, especialmente cuando daban fútbol en la tele, y a veces nos hacíamos un cine juntos.

Con los demás, nuestros amigos comunes de entonces, también se integró peor que mejor. Nacho es Nacho, solíamos decir. Si no le gustaba la película que habíamos elegido, simplemente se marchaba a rumiar su soledad por ahí. El continuo runrún de lo que traslucía como una complicada vida interior en muchas ocasiones le complicaba la exterior. Pero cuando se vertía hacia fuera y entraba en modo parlanchín, era un camarada divertido y estimable, aunque no llegaba a lograr que las chicas descubrieran lo que había más allá de esa fachada arriesgada.

Nuestra común afición a la literatura nos llevó a fundar una especie de revista amateur, más bien un fanzine de ámbito enormemente restringido. En La carta de Pandora publiqué por primera vez alguno de los únicos poemas que jamás he escrito y que guardo bajo siete llaves. No recuerdo cuántos números llegamos a lanzar, pero es incluso posible que llegase a encontrar alguno de aquellos ejemplares si me diera por rebuscar en el ominoso archivo personal de mi biblioteca. Él llevaba casi todo el peso de la publicación, porque se lo tomaba más en serio que yo. Aun así, una frase suya dirigida hacia mí ha resistido todas las purgas de mi memoria desde entonces: “Tienes alma de poeta, pero te falta técnica de poeta”. Me empujó a aprender. Y a ceñirme a la prosa.

Por entonces nos leíamos y nos criticábamos mutuamente. Conservo un manuscrito suyo aún escrito a máquina, una colección de relatos titulada Indeciso camino del refugio, y la primera novela que publicó, El vuelo de la lechuza, acreedora del premio Castilla-La Mancha de novela corta. Al contrario que yo, que por entonces contemplaba la literatura como un mero divertimento al que nunca pensé en dedicarme, él se tomaba su oficio de escritor muy a pecho, presentando sus obras a todos los premios de los que tenía noticia y comenzando a despuntar. Supongo que si, por entonces, hubiéramos sido cuatro o cinco en lugar de solo dos, de allí habría salido uno de esos grupúsculos literarios de pomposa nombradía. Pero más allá de la amistad con Nacho, nunca me atrajo la banalidad del ambiente cultureta.

Después, otras vicisitudes nos condujeron por caminos divergentes y perdimos el contacto. Supe de los éxitos que merecía su talento, de sus obras finalistas en el Nadal y el Torrevieja. Coincidimos en una boda de amigos comunes a la que yo acudí con mi novia de entonces, él aún soltero y solitario. Por motivos que solo Nacho debía de alcanzar a comprender, él sufrió una especie de fascinación repentina y obsesiva por mi chica, quien después de la fiesta me hizo notar: “Ese amigo tuyo es un poco raro, ¿no?”. “Nacho es Nacho”, le respondí, sabiendo que aquel era simplemente un argumento circular incomprensible para los que no se hubieran iniciado mucho antes en la nachología.

Muchos años más tarde devinimos nuevamente en compañeros de armas literarias cuando Plaza & Janés decidió publicar mi primera novela, El señor de las llanuras. Casi coincidiendo en el tiempo, Nacho estrenaba El corazón de la materia en la misma editorial. Me apeteció entrevistarle para el diario en el que yo trabajaba por entonces, excusa para un reencuentro que me hizo notarle más equilibrado, sagaz, ocurrente y cariñoso. Nacho aún era Nacho, pero un Nacho más hecho, en el que cabían nuevos mundos además del suyo. El amor le había pulido como a tantos, pensé, aunque reconocí lo aventurado de mi juicio desde una posición ya externa a su círculo. Me dedicó un ejemplar “con mucho cariño en este entrañable reencuentro después de tantos años. Azares de la vida… ¡Qué bonito es el azar!”.

Nos encontramos de nuevo hace tres o cuatro años, la última vez que se celebró el premio Torrevieja, cuando, si mal no recuerdo, se lo dieron a Martín Garzo. Cenamos cubierto con cubierto, y en aquel par de horas transcurridas entre el ruido vacío y los plumajes hinchados de tales galas, apenas hice otra cosa sino disfrutar de la conversación con él. Le diagnostiqué como el mejor Nacho que había conocido. Para algunas personas, hallarse fuera de sí es lo más conveniente que puede ocurrirles, y él se había vuelto de su propio revés hacia su mujer, sus hijos, su trabajo de psicólogo infantil y su dulce vida al sol del sur. Le recordé El vuelo de la lechuza. “¡Ni se te ocurra enseñárselo a nadie!”, me respondió en una catarata sonriente. Por lo que dicen, parece ser que por entonces ya debía de estar enfermo, aunque no me lo dijo. Hicimos un propósito de mantenernos en línea que mutuamente incumplimos. Jamás sospeché que la próxima vez que supiera de él sería por un obituario.

He querido escribir estos retazos simplemente para mí, con el fin de conservarlos en fresco y que no se extingan para siempre como lo ha hecho su vida. Nacho siempre será Nacho gracias a los que sigamos recordándole. Esta es mi pequeña aportación.

Los nuevos fachas

Para mí, y supongo que para muchos otros de mi generación, los nacidos en los sesenta, esa palabra clasifica un cajón de recuerdos propios, vividos y vívidos, no injertados ni transmitidos por tradición oral. Busco este término en el diccionario de la RAE online y, en su tercera acepción, encuentro dos entradas; una me redirige a “fascista” y la segunda define: “De ideología política reaccionaria”. No, no era esto. No es la llave que abre mi cajón. Pulso en “fascista” y se abre otra página. Allí figuran tres definiciones. “Perteneciente o relativo al fascismo” y “partidario de esta doctrina o movimiento social” no me dicen nada. La última, “excesivamente autoritario”. Bueno, desde luego que conservo memorias de mi infancia clasificadas bajo esta etiqueta, pero más bien relacionadas con algunos profesores que con ciertos compañeros de colegio.

Decepcionado, cierro la página de la RAE, me recuesto en la silla y descerrajo mentalmente mi cajón, del que empiezan a emerger aquellos recuerdos. Sí, es cierto que exhibían símbolos extraños, como unas flechas cruzadas y algo que parecía un puente doble, y solían lucir una profusión de banderitas de España, incluso en el reloj. E iban impecablemente peinados. Pero en realidad todo aquello no tenía nada de particular, pues cada cual tenía sus manías: había quienes coleccionaban cromos de Pirri, Santillana, Ayala o Gárate; y yo solía llevar un talismán, un pequeño leopardo de madera que me había regalado mi amigo Pablo, cuya tía era azafata de Iberia y solía viajar a Kenya, y que aún conservo (y de allí viene todo).

No, no eran los símbolos, sino lo que hacían. Eran pocos, una minoría, pero tenían amedrentados a los demás, que no se atrevían a decir nada que a ellos pudiera molestarles. La violencia que gastaban era sobre todo verbal, pero esa bastaba para que temieras la otra lo suficiente como para callarte. Solo toleraban que se pensara como ellos: dictaban las normas, aunque decían que ya no mandaban ellos, sino otros. Siempre se refugiaban en el grupo. Si te miraban mal, estabas perdido. Si tú les mirabas mal, estabas perdido. Si a alguno de los otros niños se le ocurría contar un chiste sobre ellos o sobre Franco, un señor del que yo solo sabía que había mandado y se había muerto, algún otro solía susurrar: “Calla, que como te oigan…”. Y a alguno le oyeron.

Pasaron los años. Allá por 1983 cumplí quince, los mismos que decía aquella canción de Paraíso, Para ti. En realidad este tema se había editado por primera vez cuatro años antes, pero yo lo descubrí por entonces. Y con él, una catarata fresca de música que me despertaba sensaciones nuevas, y algo que estaba ocurriendo en las calles; y comenzaron las noches de los viernes y sábados en el Splass de la calle Galileo, donde entrábamos gratis porque “dábamos ambiente”, y las mañanas de los domingos con caña y pincho de tortilla en La Bobia, y las cintas piratas del puesto del Drácula en El Rastro, y los conciertos en el Rock-Ola o en La Riviera, pocos, porque costaban dinero, igual que aquellas golosinas sonoras importadas de Inglaterra y envueltas en plástico que abarrotaban los cajones de Escridiscos y que raras veces podía comprar. Y mi primer beso, con Julia, que llevaba medias de red y era fan de los Depeche.

Y allí seguían ellos. De vez en cuando las noticias contaban cómo habían acorralado a algún pobre chaval que llevaba pintas raras y le habían propinado una inclemente paliza. Habían crecido, y utilizaban palos y bates de béisbol, pero yo sabía que eran los mismos, aquellos que en el colegio cantaban “Blas Piñar, arriba España, Fuerza Nueva no te engaña”. Cada vez que yo salía de mi casa, con mis pelos de punta cuidadosamente lacados, mis pantalones negros, mis cinturones y muñequeras de tachuelas, mis buguis negros de Swing y mis calcetines de un rabioso verde, amarillo, rosa o naranja, y mis camisetas de Virgin Prunes, Specimen, Bauhaus, Joy Division, Discharge, The Cure o Killing Joke, o de Eyeless in Gaza, que aquello sí que epataba porque nadie los conocía, siempre me rondaba la cabeza el pavor de que el azar me llevara a reencontrarme con ellos a la vuelta de cualquier esquina. Por suerte, nunca ocurrió.

Estamos en el siglo XXI. Y ellos siguen aquí. Siguen siendo pocos, una minoría, pero continúan amedrentando a muchos, que no se atreven a decir nada que a ellos pueda molestarles. La violencia que gastan es sobre todo verbal, pero basta para que temas la otra lo suficiente como para callarte. Y si emplean la otra, utilizan palos, piedras, botellas, cualquier cosa que haga daño. Solo toleran que se piense como ellos: dictan las normas, aunque dicen que no mandan ellos, sino otros. Siempre se refugian en el grupo, pero ahora además aprovechan el anonimato de internet, que por entonces no existía. Si te miran mal, estás perdido. Si tú les miras mal, estás perdido. Si a alguien se le ocurre contar un chiste sobre ellos o sobre sus francos, que ahora han cambiado de cara, algún otro susurra: “Calla, que como te oigan…”. Y a alguno le han oído.

Eso sí, ya no lucen flechas ni yugos, ni banderitas de España. Ahora odian todo eso y llevan otros emblemas diferentes, pero los símbolos siempre fueron lo de menos, porque cambian con el tiempo y la moda. Lo más curioso de todo es que han rejuvenecido. Los de ahora ya no tienen mi edad, sino que son mucho más jóvenes, casi niños. Nunca conocieron a aquellos de las banderitas en el reloj y el peinado impecable. No saben lo que era viajar en el autobús de camino al Splass bajo un continuo chorro de miradas reprobatorias. Cuando cayeron las Torres Gemelas, ellos acababan de descubrir a Bob Esponja y estaban aprendiendo a leer y escribir. En la época del 11-M, sus mayores preocupaciones en la vida eran que les llevaran al cine a ver Spider-Man 2 y que en los próximos Reyes les trajeran la PSP o la Nintendo DS. La última vez que ETA cometió un asesinato en España, se acababan de abrir la cuenta en Tuenti y estaban reventándose la primera espinilla frente al espejo antes de agarrar el skate o la bici para acercarse al half-pipe del parque. No tienen la menor idea de todo aquello.

Seguís estando aquí. Habéis cambiado, pero nunca os habéis ido. Y solo puedo deciros aquello de Muñoz Seca: podréis quitármelo todo, menos el miedo que os tengo. Y que siempre os he tenido.

Médicos con orejeras

El otro día caminaba yo por la plaza de Colón de Madrid después de una entrevista de trabajo, emperifollado con el uniforme corbatero habitual en tales ocasiones. Al pie de los barcos pétreos de la plaza, me saltó al paso un voluntario de Médicos Sin Fronteras, de esos que abordan a los transeúntes con el honorable fin de contribuir a financiar su organización. Aunque estos nimios asaltos puedan molestarme como al que más, no soy dado a dejar a nadie con la palabra en la boca, y en tales ocasiones siempre me detengo para explicar al reclutante callejero que, o bien a) no me interesa su causa, o b) sí me interesa pero no puedo permitírmelo, o c) sí me interesa y puedo permitírmelo, pero hay otras causas que me son más cercanas y que agotan mi cuota solidaria. En este caso, la respuesta correcta era la b), pues, como ya he dejado claro aquí, mi situación laboral actual es la no laboral.

-Aunque me veas así vestido, no es que sea un ejecutivo forrado. Es que salgo de una entrevista de trabajo, pero estoy en paro y no tengo un chavo -le expliqué al bienintencionado asaltante.

-Ya, ya, comprendo -replicó, y acto seguido comenzó a lanzarme su rollo, dejando bien claro que no había comprendido nada.

Insistí, pero fue inútil. El menda me atacaba con el argumento insolente de que la aportación mínima son diez euros, y que esto, osaba él presuponer, me lo gastaba yo “solo con salir a la calle”. Ni hablar, opuse. Te aseguro que yo no. Pero de ningún modo pude librarme de escuchar toda su retahíla completa.

Entonces entendí que aquel sujeto no me creía. Que, en efecto, me suponía un ejecutivo forrado tratando de salir del paso con un embuste piadoso. Aquella misma mañana me sorprendió la visión de una cantidad desacostumbrada de mendigos en el centro de Madrid, bastante mayor de lo que siempre ha sido habitual. Y, en la plaza, un postulante resueltamente decidido a ignorar lo que ocurre a su alrededor tras el escudo protector de la acción solidaria en países lejanos. Aún no queremos enterarnos de lo que hemos llegado a ser. El tercer mundo lo tenemos en casa, pero preferimos seguir sin creérnoslo, en el convencimiento de que esto es solo temporal. Por mi parte, temo que no es así. Que no hemos tocado fondo, sino que un día llegamos a tocar techo y creímos que era el suelo por debajo. Que la continuación de todo lo de ahora aún nos deja muchos metros de caída. Pero preferimos seguir caminando con nuestras orejeras que solo nos permiten vislumbrar lo que ocurre muy lejos, impidiéndonos la visión periférica.

Tal vez, en cualquier caso, no haya otra salida para el futuro. Hay quien piensa que ahora estamos pagando los errores del pasado, y que solo dejará de haber un tercer mundo cuando deje de haber un primero y el eje de esta bendita Tierra pueda enderezarse. Aún estamos muy lejos de eso. Pero dadle tiempo.

Maldito hijo de puta

Si me fuera dado creer en la magia, haría desaparecer todo lo que fue y todo lo que hizo, todo rastro de su paso por la vida, esa que él se permitió arrebatar con tanta ligereza y crueldad. Borraría su nombre de todos los lugares donde llegó a escribirse, y suprimiría su hediondo recuerdo de las mentes de todos aquellos que le conocieron o le trataron, incluso del camarero que un día le sirvió una cerveza o de quienes alguna vez se cruzaron con él casualmente por la calle. Haría todo esto, si me fuera dado creer en la magia, precisa y paradójicamente porque no creo en ella. Y sé, por tanto, que el maldito hijo de puta no surge repentinamente de las profundidades como la transformación de un licántropo, sino que siempre estuvo ahí, latiendo con más o menos visibilidad durante la mayor parte de los días de la existencia física de ese aborto de ser humano, de ese amago frustrado de persona.

Haría todo esto porque solo rectificando la historia de su paso por la Tierra se habría evitado que se imprimiera ese recuerdo hoy ya extinguido para siempre, el de los pequeños y limpios ojos cuya última visión fue la de su repugnante rostro de macarra. En cualquier caso, poco importa, porque como he dicho, no creo en la magia. Y desgraciadamente, no puedo hacer nada sino leer y escribir con esa mezcla inmiscible de rabia y perplejidad incrédula.

Haría todo esto también por otro motivo, y es que cuando se elimina el pasado de alguien no solo se suprime todo lo que fue, sino todo lo que podría llegar a ser, como decía William Munny. Y como no creo en la magia, sé que llegará a serlo, como ya lo han sido otros. Cuando despertemos de ese sueño de mágica ficción, el dinosaurio aún seguirá allí. Solo los niños gozan de la salvedad de creer en la magia sin caer en la imbecilidad. El hecho de que un sistema de leyes también crea en ella revela un fracaso de la sociedad que no puedo evitar contemplar, desde mi cueva, cada vez con un mayor nihilismo.

Hoy hay un niño menos para creer.

Descansa en paz, pequeña Miriam.

SimplificArt

Tengo oído por ahí que los humanos propendemos a acomodarnos con los años, a fusionarnos confortablemente con la masa circundante. Creo que a mí me ocurre precisamente lo contrario. A medida que caen las horas y los calendarios, me voy volviendo más friki, se me acentúa el ramalazo antisocial que siempre me ha acompañado y que resulta tan vergonzoso en el mundo de hoy. Imagino el final de mi vida reencarnado en un Diógenes de verdad, no de los del síndrome tan desatinadamente bautizado, ya que el cínico griego no acumulaba, sino que se desprendía.

Así, trato de ejercitar el arte de simplificar mi vida. Escribo estas líneas en un portátil que ya ha cumplido los cinco años y que ha sufrido dos averías mortales de las que ha podido ser reanimado. Podría decir que no tengo móvil. La verdad es que tengo uno, pequeñito y sin cámara de fotos ni pantalla táctil, dotado solo con la tecnología suficiente para enviar y recibir llamadas, y cuyo número casi nunca doy porque el teléfono pasa la mayor parte del tiempo arrinconado, desatendido, descargado y sin saldo. Mi mujer y yo tenemos dos coches, en esto nos aproximamos al español medio. Pero en nuestro caso, por el lugar donde hemos elegido vivir y por lo errático y fluctuante de nuestras aventuras laborales, lo más simple es disponer de un sistema de transporte propio en lugar de adaptarnos a la complicada dictadura del movimiento colectivo. Mis coches no son de marca. De hecho, los compraría de marca Hacendado si los hubiera. Eso sí, si me fuera dado rediseñar el mundo, sustituiría el coche por otro artefacto más lento, más amable y menos letal. No, no me refiero a la bicicleta. Odio el deporte y no me apetece sudar para trasladarme. Una de las grandes plagas del siglo XXI es el oficinista ciclista que disfruta de los beneficios de ese astuto mecanismo fisiológico, la desensibilización olfativa.

Con el paso de los años, cada vez consumo menos. Y empleo adrede el verbo consumir, y no comprar, porque tampoco en esto sigo la tendencia. La civilización hiperconsumista ha encontrado el modo para continuar siéndolo sin que lo parezca. Con el fin de consumir compulsivamente por encima de las posibilidades de cada cual, se inventan prodigiosas excusas morales para apropiarse ilícitamente de esos artículos de consumo llamados contenidos digitales. Quienes presumen de anticonsumistas y piratean a mansalva no son, en el fondo, muy distintos de aquel chorizo al que llaman el Solitario, un sujeto que clama contra la sociedad de consumo como pretexto para hacerse ilegalmente con la riqueza de otros.

No remiro las ofertas, porque me da pereza. Si tengo que gastar en algo, gasto, y en el precio pago el tiempo que me ahorro eludiendo la búsqueda de chollos. Compañías del mundo, por favor, no llaméis más a mi casa. No me interesan las promociones. Me podéis engañar, soy presa fácil. Pero por el amor de Dios, no me atosiguéis con vuestras magníficas oportunidades.

A estas alturas de mi vida, mediados los cuarenta, me interesan pocas cosas más allá de la mujer a la que amo, mi familia, mis amigos, escribir, viajar y trabajar para ganarme la vida. No estoy en Facebook ni en Twitter porque, ya lo he dicho, no soy un tipo social y no tengo necesidad de convertirme voluntariamente en un mosquito enredado en una telaraña que él mismo debe encargarse de mantener y acrecentar para atrapar a otros mosquitos en beneficio de la araña. Tengo un blog porque me gusta pensar por escrito entre novela y novela, como ahora.

Me sigue apasionando viajar, y lo hago como si no hubiera un mañana. Esta es una muestra de que mi posición no es ideológica, sino sinceramente vital. Nací para viajero rico, pero para mi desgracia no lo soy. Viajaría en primera clase si mis recursos me alcanzaran. No me interesan esos inventos de intercambiar casa o alquilar habitaciones compartidas para tener acceso a lugares del mundo a donde no llega la suma de mis euros. Si no puedo viajar a lo grande, me quedo en mi pueblo y espero tiempos mejores. Gran parte de la experiencia de viajar es la sensación de libertad suprema, y no la hay cuando no te da para sobrevolar un glaciar en helicóptero y cenar después en el mejor restaurante si es tu real gana.

No pretendo impartir doctrina. No quiero convencer a nadie para que abrace mis posturas. No intento sobresalir por originalidad. No soy más que un producto de mi tiempo. Me crié en los ochenta. Queríamos ser héroes solo por un día porque no había futuro. La luz que brillaba con el doble de intensidad duraba la mitad de tiempo. Soñábamos como si fuéramos a vivir siempre y vivíamos como si fuéramos a morir mañana.

Soy un parado más

Antiguamente, se llamaba sopistas a los escritores que sobrevivían de la caridad, a los que renunciaban a buscar la manera de medrar honradamente para volcarse en su carrera literaria. Estaban también los del otro extremo, los que por rentas o asignaciones familiares podían eludir la penosa faena de trabajar. Hoy muchos escritores llevamos una existencia más prosaica y hemos perdido entrañables costumbres como la de morirnos de tuberculosis. Trabajamos, y al mismo tiempo robamos horas al día y a la noche para escribir lo que nos hierve dentro y no nos deja tirarnos en el sofá a ver pasar los anuncios.

En mi caso, hace unos doce años comencé a ejercer el periodismo, y durante los últimos cuatro y medio lo he hecho en la sección de Ciencias del diario Público, fenecido ayer mismo. A nadie se le oculta que era un periódico polémico que no dejaba indiferente. No creo que se haya empleado jamás para envolver el pescado, porque habría cabreado o entusiasmado hasta a una merluza muerta. Público ha sido un diario molesto, un dedo en el ojo para muchos. Se lo amó y se lo odió. Hay quien ha brindado con champán por su desaparición. Allá ellos; arderán en el infierno. Para mí, a quien mi alma de pionero y mi nulo gregarismo me impiden afiliarme a ningún bando político, Público ha sido la oportunidad de compartir redacción y páginas con un equipo de profesionales de talla XXL, currantes hasta la extenuación, apasionados hasta el orgasmo involuntario. Y con ellos he podido tensar ese músculo urgente del periodismo diario, que unas veces nos atormenta con noches terribles de agujetas y otras nos inyecta en el cerebro un chorro de endorfinas a presión, el de la sensación del trabajo hecho, el de llevar cada mañana al quiosco una tinta fresca y picante, de la que mancha los dedos y no se va ni con lejía.

Pero no nos engañemos. Pese a lo que se está vertiendo por ahí, Público no lo han cerrado los poderosos, ni la Iglesia, ni la derecha, ni esos que arderán en el infierno. Público lo ha cerrado un señor llamado Jaume Roures, el mismo que lo abrió, el mismo que durante cuatro años y medio nos mimó como a un caro objeto de colección y que ahora, desde Beverly Hills, nos ha arrumbado en el armario de los juguetes rotos. Decir cualquier otra cosa es ser víctima o perpetrador de un voluntarismo demagógico. Pero qué importa lo que yo opine. Al fin y al cabo, no soy más que un parado. Uno más de los cinco millones. Busco trabajo.

Las manos lavadas

Hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana, solo había dos canales de televisión, la primera cadena y la segunda cadena, también llamada “el Guachefe” (UHF). Cuando la imagen se iba y la pantalla se llenaba de nieve, en casa se comprobaba la antena y, una vez constatado que todo estaba bien, se zanjaba diciendo: “Es de ellos”. Así que la familia seguía con sus cosas hasta que “ellos” lograban arreglar la avería y devolver la imagen a su normalidad.

Durante mucho tiempo, cuando alguien ensuciaba la plaza del pueblo con su sangre, todos decían “es de ellos”. Las familias seguían con sus cosas, los servicios municipales limpiaban el charco rojo y nadie volvía a pronunciar el nombre del muerto. Nadie alzaba la voz ni a su favor ni en su contra. Como máximo, alguien repetía una letanía protocolaria: “Algo habrá hecho”. Simplemente, cada uno se preocupaba de salir de casa con las manos bien lavadas.

Las manos limpias y la boca enjuagada han sido siempre el estandarte de los que han contemplado cómo se mataba durante medio siglo sin aplauso ni abucheo, solo con un “es de ellos” levemente susurrado. Cuando ahora se abstienen de votar a favor o en contra, no están haciendo otra cosa que lo que han hecho siempre: decir “es de ellos” y seguir con sus cosas.

Antiguamente, en los periódicos, cuando aún se imprimía con tipos móviles, se decía que las palabras llevaban más o menos plomo en función del tamaño del titular. Para aquellos que se abstienen, los del “es de ellos”, las palabras siempre han llevado mucho plomo y el plomo siempre ha llevado muchas palabras. Son los reyes de la elipsis, el circunloquio, el eufemismo, el sinónimo. Cuantas más palabras, más se enreda la madeja para que no quede un hilo del que tirar, para que se forme un ovillo compacto que abrigue el plomo de sus palabras. Desde sus asientos del gallinero, se limitan a pulsar el botón del “es de ellos” con sus manos meticulosamente lavadas.

Los 75 céntimos

Oigo bastante revuelo y pataleo por el caso de una periodista a la que, al parecer, un medio le ofreció 75 céntimos por cada artículo publicado. La anécdota llegó a Twitter y se propagó bajo la etiqueta #gratisnotrabajo, levantando un tsunami de indignación entre el gremio periodístico al que, para bien o para mal, pertenezco. Muy bien. Todos nos rasgamos el carné de prensa, nos propinamos golpes de pecho con la grabadora, vomitamos todo el puré de guisantes sobre esa empresa ofertante (que no me he molestado en mirar cuál es) y nos jaleamos unos a otros sacudiéndonos las manos o, como decía el señor Lobo…

Pero una vez cumplida esta liturgia corporativista, tal vez conviene que nos sentemos a discurrir. Y podemos conformarnos con disparar culpas, con salmodiar nuestra cantinela sobre la crisis, la falta de respeto a la profesión, la incomprensión pública para con el reporterismo aguerrido y romántico, o la inanidad de una sociedad que paga para que un embaucador que dice hablar con los muertos haga llorar de emoción a la excuñada de un extorero frente a una cámara, pero no para saber qué está ocurriendo en Kenya (un poner). Podemos conformarnos con todo esto, pero no estamos explicando el problema.

Nos guste o no, vivimos en una sociedad donde las cosas valen lo que alguien paga por ellas. Si de algo hay mucho y se demanda poco, es barato. Si hay poco y se demanda mucho, es caro. Así funciona. Si no fuera concebible ofrecer a alguien 75 céntimos por un artículo periodístico, tal situación nunca se plantearía, como nadie llamaría al fontanero ofreciéndole 75 céntimos a cambio de un arreglo de cañerías. Así que la pregunta es: ¿Por qué el precio de la información es tan bajo? ¿Hay demasiada? ¿Se demanda poco?

Mi respuesta es que lo segundo. No creo que haya demasiada información, pero no importa. Porque a nadie, empezando por quienes dirigen los medios y continuando por quienes los consumen, le interesa verdaderamente la información como fin, sino sólo como medio para propugnar ideología. Las grandes cifras del periodismo están en la opinión, no en la información. En la doctrina. En la arenga. En la soflama. La información no es más que el bidón para poder vender a los lectores/oyentes/espectadores el combustible que están esperando para pegar fuego a la bandera que cada cual quiere achicharrar. Y nadie paga mucho por un bidón vacío.

Un veterano profesor decía que la profesionalidad en el periodismo reside en la información, y que la opinión la hace cualquier idiota (periodista o no). Sabia reflexión académica desde una lejana galaxia a años luz de la calle. Aquel profesor no dijo, y lo añado yo, que la segunda parte del aserto no es potencia sino realidad: opinar lo está haciendo mucho idiota todos los días en todos los medios. Y, sin embargo, esto es lo que compra quien se deja su par de euros en el quiosco: la parcialidad, la verdad a medias, la hemiplejia moral que decía Ortega. Los dueños de los medios saben que eso se paga, y por eso lo pagan. Así que, ¿por qué nos vamos a sorprender ahora de que la información, con todas esas tonterías anticuadas de la veracidad, la contrastación, el rigor y la neutralidad, no valga más que unos céntimos? No hay más que mirar a diario la portada de cualquier periódico (a diestra y siniestra) para sentirse de inmediato como el cura de El exorcista frente a la cama de la niña. Los propios periodistas, y quienes nos dirigen, hemos devaluado el periodismo. Ese es hoy el precio justo del escaparate de la información: 75 céntimos.

Para terminar, cito a Unamuno, aunque sin entrecomillar porque no recuerdo la literalidad de la cita, cuando decía que al español le gusta desayunarse leyendo el periódico no para formarse un juicio sobre las cosas, sino para que su periódico le ratifique el juicio que él ya trae puesto de casa. El español, y esto ya no es de Unamuno sino de mi última novela, compra sus soflamas y paga su desayuno, pero para informarse ya están los bares, y eso va en la propina.

Los premios

Hace unos años, cuando mi actividad literaria me condujo hasta la periferia de la jungla editorial, conocí con meses de antelación qué renombrado autor iba a ganar un importante premio de esos que supuestamente se fallan “en caliente”. Quien me contó esto también me sopló que el autor en cuestión se había recluido lejos del mundanal rüido para alumbrar la obra que sin duda iba a resultar merecedora del premio, y que esa reclusión se había ejecutado después de que el plazo oficial de presentación de manuscritos hubiese terminado.

Durante un evento al que acudí desde mi sotobosque, escuché con mudo asombro una conversación entre varios especímenes de la jungla. Uno de ellos contaba cómo uno de los candidatos seleccionados para aspirar a otro premio había asistido a la ceremonia del fallo y la entrega hecho un ramillete de nervios. “Pobrecillo”, opinaba otro. “Es una crueldad que los inviten, pero al menos alguien debería haberle avisado”, apuntaba un tercero. Cómo no sabía aquel cándido autor que no solamente carecía de la más mínima posibilidad de alzarse con la estatuilla, sino que, si su novela estaba entre las finalistas, era precisamente para justificar que la ganadora era muy superior al resto, coincidieron los presentes antes de fundirse en un cálido brindis de hermanamiento.

Recientemente, otro habitante de la jungla, este muy querido para mí, me contaba cómo cierta gran figura de las letras había recibido año tras año una llamada telefónica que trataba de convencerle para que “ganase” un importante premio, y cómo el autor en cuestión, de valores éticos intachables, lo había rechazado por repugnarle la idea de participar en semejante farsa. Eso sí, cuando el teléfono dejó de sonar, se llevó un sofocón.

Cuento todo esto porque en reuniones de amigos me suelen sugerir que me presente a algún premio y, cuando explico todo lo anterior, el coro de gestos boquiabiertos me lleva a la conclusión de que la patraña de los premios literarios es uno de los secretos a voces mejor guardados. A voces, porque no solo toda la fauna, sino incluso la flora del mundo editorial -hasta el ficus del despacho de cualquier editor- parece estar en este ajo. Y mejor guardados porque, invariablemente y a pesar de ello, en cada nueva edición de los premios se presentan cientos de originales de escritores incautos que ejercen de primos en este frustrante tocomocho.

Los autores tenemos hoy la suerte de que internet ha arrebatado parte del fuego prometeico, aunque no haya llegado a dejarlo sin antorcha, a un cierto escalón del patio carcelario, y nuestras obras pueden propagarse a través de blogs literarios y personales sin que nos veamos obligados a ir más allá de esa periferia en la que algunos nos encontramos suficientemente cómodos y en la que no tenemos la obligación de ejercer de claque ante críticos, editores que no sean el propio, concejales de cultura y deportes o escritores jurados (versión del guarda jurado que abre o cierra las puertas de la jungla).

Tal vez lo que cuento aquí resulte descorazonador para algunos autores que luchan por una oportunidad. Otros negarán todo conocimiento. Pero estoy seguro de que muchos lo encontrarán ingenuamente divertido. Para los primeros, cito a Dante:

“¡Oh, vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!”

Prometo que otro día traeré mejores noticias.

¿Por qué?

Eso, ¿por qué? ¿Qué necesidad hay de otro blog más?

Hace un puñado de años -un puñado es poco-, la red pasó de ser el cofre que uno abría en busca de tesoros a convertirse en la bolsa de papel que muchos abren para vomitar. No voy a desvelar aquí a nadie los beneficios de esto de internet. Como periodista sé que, si la red se apagara, al día siguiente los quioscos sólo podrían vender chuches y revistas (esto, amigos no periodistas, créanlo, no es una hipérbole, sino la más cruda realidad). Y como escritor, las incontables visitas a hemerotecas y bibliotecas que nos ha evitado la red nos han ahorrado una fortuna en suelas, gasoil y bonobuses (o su equivalente de este siglo, perdónenme).

Pero… La red se ahoga en su propio éxito, y no precisamente en agua. El triunfo de los blogs hizo de internet el reino de la irrelevancia, donde todos parecemos contar todo aquello que no interesa a nadie salvo a nosotros mismos. La red es el nuevo barman o, traducido al argentino, el nuevo psicoanalista. Esto implica que bajo la música que suena se acumula un volumen de ruido que apenas deja escuchar la melodía, si es que nos queda algo de melodía. Y lo que es peor, gran parte de ese ruido está cargado de violencia, agresividad y mala leche, parapetadas tras una careta de anonimato. Eso es internet. El ruido y la furia. Tomo prestado de Shakespeare (o de quien realmente escribiese sus obras):

“¡La vida no es más que […] un cuento narrado por un idiota con gran aparato, y que nada significa!…”

(Nota: así figura en la edición de Macbeth de 1927 publicada por Espasa Calpe que tengo en mi librería. Lo del ruido y la furia debió de aparecer en traducciones posteriores, cuando se juzgó inapropiado hablar del tamaño del aparato del idiota)

El problema es que, ya lo sabemos, la peste se contagia con mucha más facilidad que la belleza. Y cuando todos gritan, uno se siente obligado a carraspear. Así que perdónenme. Escribo bajito porque no me gusta gritar. Y si en ocasiones siento náuseas, me arreglo con una generosa ración de bicarbonato genérico en cómodas monodosis.