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Los premios

27 noviembre, 2011

Hace unos años, cuando mi actividad literaria me condujo hasta la periferia de la jungla editorial, conocí con meses de antelación qué renombrado autor iba a ganar un importante premio de esos que supuestamente se fallan “en caliente”. Quien me contó esto también me sopló que el autor en cuestión se había recluido lejos del mundanal rüido para alumbrar la obra que sin duda iba a resultar merecedora del premio, y que esa reclusión se había ejecutado después de que el plazo oficial de presentación de manuscritos hubiese terminado.

Durante un evento al que acudí desde mi sotobosque, escuché con mudo asombro una conversación entre varios especímenes de la jungla. Uno de ellos contaba cómo uno de los candidatos seleccionados para aspirar a otro premio había asistido a la ceremonia del fallo y la entrega hecho un ramillete de nervios. “Pobrecillo”, opinaba otro. “Es una crueldad que los inviten, pero al menos alguien debería haberle avisado”, apuntaba un tercero. Cómo no sabía aquel cándido autor que no solamente carecía de la más mínima posibilidad de alzarse con la estatuilla, sino que, si su novela estaba entre las finalistas, era precisamente para justificar que la ganadora era muy superior al resto, coincidieron los presentes antes de fundirse en un cálido brindis de hermanamiento.

Recientemente, otro habitante de la jungla, este muy querido para mí, me contaba cómo cierta gran figura de las letras había recibido año tras año una llamada telefónica que trataba de convencerle para que “ganase” un importante premio, y cómo el autor en cuestión, de valores éticos intachables, lo había rechazado por repugnarle la idea de participar en semejante farsa. Eso sí, cuando el teléfono dejó de sonar, se llevó un sofocón.

Cuento todo esto porque en reuniones de amigos me suelen sugerir que me presente a algún premio y, cuando explico todo lo anterior, el coro de gestos boquiabiertos me lleva a la conclusión de que la patraña de los premios literarios es uno de los secretos a voces mejor guardados. A voces, porque no solo toda la fauna, sino incluso la flora del mundo editorial -hasta el ficus del despacho de cualquier editor- parece estar en este ajo. Y mejor guardados porque, invariablemente y a pesar de ello, en cada nueva edición de los premios se presentan cientos de originales de escritores incautos que ejercen de primos en este frustrante tocomocho.

Los autores tenemos hoy la suerte de que internet ha arrebatado parte del fuego prometeico, aunque no haya llegado a dejarlo sin antorcha, a un cierto escalón del patio carcelario, y nuestras obras pueden propagarse a través de blogs literarios y personales sin que nos veamos obligados a ir más allá de esa periferia en la que algunos nos encontramos suficientemente cómodos y en la que no tenemos la obligación de ejercer de claque ante críticos, editores que no sean el propio, concejales de cultura y deportes o escritores jurados (versión del guarda jurado que abre o cierra las puertas de la jungla).

Tal vez lo que cuento aquí resulte descorazonador para algunos autores que luchan por una oportunidad. Otros negarán todo conocimiento. Pero estoy seguro de que muchos lo encontrarán ingenuamente divertido. Para los primeros, cito a Dante:

“¡Oh, vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!”

Prometo que otro día traeré mejores noticias.

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