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Los 75 céntimos

8 diciembre, 2011

Oigo bastante revuelo y pataleo por el caso de una periodista a la que, al parecer, un medio le ofreció 75 céntimos por cada artículo publicado. La anécdota llegó a Twitter y se propagó bajo la etiqueta #gratisnotrabajo, levantando un tsunami de indignación entre el gremio periodístico al que, para bien o para mal, pertenezco. Muy bien. Todos nos rasgamos el carné de prensa, nos propinamos golpes de pecho con la grabadora, vomitamos todo el puré de guisantes sobre esa empresa ofertante (que no me he molestado en mirar cuál es) y nos jaleamos unos a otros sacudiéndonos las manos o, como decía el señor Lobo…

Pero una vez cumplida esta liturgia corporativista, tal vez conviene que nos sentemos a discurrir. Y podemos conformarnos con disparar culpas, con salmodiar nuestra cantinela sobre la crisis, la falta de respeto a la profesión, la incomprensión pública para con el reporterismo aguerrido y romántico, o la inanidad de una sociedad que paga para que un embaucador que dice hablar con los muertos haga llorar de emoción a la excuñada de un extorero frente a una cámara, pero no para saber qué está ocurriendo en Kenya (un poner). Podemos conformarnos con todo esto, pero no estamos explicando el problema.

Nos guste o no, vivimos en una sociedad donde las cosas valen lo que alguien paga por ellas. Si de algo hay mucho y se demanda poco, es barato. Si hay poco y se demanda mucho, es caro. Así funciona. Si no fuera concebible ofrecer a alguien 75 céntimos por un artículo periodístico, tal situación nunca se plantearía, como nadie llamaría al fontanero ofreciéndole 75 céntimos a cambio de un arreglo de cañerías. Así que la pregunta es: ¿Por qué el precio de la información es tan bajo? ¿Hay demasiada? ¿Se demanda poco?

Mi respuesta es que lo segundo. No creo que haya demasiada información, pero no importa. Porque a nadie, empezando por quienes dirigen los medios y continuando por quienes los consumen, le interesa verdaderamente la información como fin, sino sólo como medio para propugnar ideología. Las grandes cifras del periodismo están en la opinión, no en la información. En la doctrina. En la arenga. En la soflama. La información no es más que el bidón para poder vender a los lectores/oyentes/espectadores el combustible que están esperando para pegar fuego a la bandera que cada cual quiere achicharrar. Y nadie paga mucho por un bidón vacío.

Un veterano profesor decía que la profesionalidad en el periodismo reside en la información, y que la opinión la hace cualquier idiota (periodista o no). Sabia reflexión académica desde una lejana galaxia a años luz de la calle. Aquel profesor no dijo, y lo añado yo, que la segunda parte del aserto no es potencia sino realidad: opinar lo está haciendo mucho idiota todos los días en todos los medios. Y, sin embargo, esto es lo que compra quien se deja su par de euros en el quiosco: la parcialidad, la verdad a medias, la hemiplejia moral que decía Ortega. Los dueños de los medios saben que eso se paga, y por eso lo pagan. Así que, ¿por qué nos vamos a sorprender ahora de que la información, con todas esas tonterías anticuadas de la veracidad, la contrastación, el rigor y la neutralidad, no valga más que unos céntimos? No hay más que mirar a diario la portada de cualquier periódico (a diestra y siniestra) para sentirse de inmediato como el cura de El exorcista frente a la cama de la niña. Los propios periodistas, y quienes nos dirigen, hemos devaluado el periodismo. Ese es hoy el precio justo del escaparate de la información: 75 céntimos.

Para terminar, cito a Unamuno, aunque sin entrecomillar porque no recuerdo la literalidad de la cita, cuando decía que al español le gusta desayunarse leyendo el periódico no para formarse un juicio sobre las cosas, sino para que su periódico le ratifique el juicio que él ya trae puesto de casa. El español, y esto ya no es de Unamuno sino de mi última novela, compra sus soflamas y paga su desayuno, pero para informarse ya están los bares, y eso va en la propina.

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