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Soy un parado más

25 febrero, 2012

Antiguamente, se llamaba sopistas a los escritores que sobrevivían de la caridad, a los que renunciaban a buscar la manera de medrar honradamente para volcarse en su carrera literaria. Estaban también los del otro extremo, los que por rentas o asignaciones familiares podían eludir la penosa faena de trabajar. Hoy muchos escritores llevamos una existencia más prosaica y hemos perdido entrañables costumbres como la de morirnos de tuberculosis. Trabajamos, y al mismo tiempo robamos horas al día y a la noche para escribir lo que nos hierve dentro y no nos deja tirarnos en el sofá a ver pasar los anuncios.

En mi caso, hace unos doce años comencé a ejercer el periodismo, y durante los últimos cuatro y medio lo he hecho en la sección de Ciencias del diario Público, fenecido ayer mismo. A nadie se le oculta que era un periódico polémico que no dejaba indiferente. No creo que se haya empleado jamás para envolver el pescado, porque habría cabreado o entusiasmado hasta a una merluza muerta. Público ha sido un diario molesto, un dedo en el ojo para muchos. Se lo amó y se lo odió. Hay quien ha brindado con champán por su desaparición. Allá ellos; arderán en el infierno. Para mí, a quien mi alma de pionero y mi nulo gregarismo me impiden afiliarme a ningún bando político, Público ha sido la oportunidad de compartir redacción y páginas con un equipo de profesionales de talla XXL, currantes hasta la extenuación, apasionados hasta el orgasmo involuntario. Y con ellos he podido tensar ese músculo urgente del periodismo diario, que unas veces nos atormenta con noches terribles de agujetas y otras nos inyecta en el cerebro un chorro de endorfinas a presión, el de la sensación del trabajo hecho, el de llevar cada mañana al quiosco una tinta fresca y picante, de la que mancha los dedos y no se va ni con lejía.

Pero no nos engañemos. Pese a lo que se está vertiendo por ahí, Público no lo han cerrado los poderosos, ni la Iglesia, ni la derecha, ni esos que arderán en el infierno. Público lo ha cerrado un señor llamado Jaume Roures, el mismo que lo abrió, el mismo que durante cuatro años y medio nos mimó como a un caro objeto de colección y que ahora, desde Beverly Hills, nos ha arrumbado en el armario de los juguetes rotos. Decir cualquier otra cosa es ser víctima o perpetrador de un voluntarismo demagógico. Pero qué importa lo que yo opine. Al fin y al cabo, no soy más que un parado. Uno más de los cinco millones. Busco trabajo.

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