Skip to content

SimplificArt

14 julio, 2012

Tengo oído por ahí que los humanos propendemos a acomodarnos con los años, a fusionarnos confortablemente con la masa circundante. Creo que a mí me ocurre precisamente lo contrario. A medida que caen las horas y los calendarios, me voy volviendo más friki, se me acentúa el ramalazo antisocial que siempre me ha acompañado y que resulta tan vergonzoso en el mundo de hoy. Imagino el final de mi vida reencarnado en un Diógenes de verdad, no de los del síndrome tan desatinadamente bautizado, ya que el cínico griego no acumulaba, sino que se desprendía.

Así, trato de ejercitar el arte de simplificar mi vida. Escribo estas líneas en un portátil que ya ha cumplido los cinco años y que ha sufrido dos averías mortales de las que ha podido ser reanimado. Podría decir que no tengo móvil. La verdad es que tengo uno, pequeñito y sin cámara de fotos ni pantalla táctil, dotado solo con la tecnología suficiente para enviar y recibir llamadas, y cuyo número casi nunca doy porque el teléfono pasa la mayor parte del tiempo arrinconado, desatendido, descargado y sin saldo. Mi mujer y yo tenemos dos coches, en esto nos aproximamos al español medio. Pero en nuestro caso, por el lugar donde hemos elegido vivir y por lo errático y fluctuante de nuestras aventuras laborales, lo más simple es disponer de un sistema de transporte propio en lugar de adaptarnos a la complicada dictadura del movimiento colectivo. Mis coches no son de marca. De hecho, los compraría de marca Hacendado si los hubiera. Eso sí, si me fuera dado rediseñar el mundo, sustituiría el coche por otro artefacto más lento, más amable y menos letal. No, no me refiero a la bicicleta. Odio el deporte y no me apetece sudar para trasladarme. Una de las grandes plagas del siglo XXI es el oficinista ciclista que disfruta de los beneficios de ese astuto mecanismo fisiológico, la desensibilización olfativa.

Con el paso de los años, cada vez consumo menos. Y empleo adrede el verbo consumir, y no comprar, porque tampoco en esto sigo la tendencia. La civilización hiperconsumista ha encontrado el modo para continuar siéndolo sin que lo parezca. Con el fin de consumir compulsivamente por encima de las posibilidades de cada cual, se inventan prodigiosas excusas morales para apropiarse ilícitamente de esos artículos de consumo llamados contenidos digitales. Quienes presumen de anticonsumistas y piratean a mansalva no son, en el fondo, muy distintos de aquel chorizo al que llaman el Solitario, un sujeto que clama contra la sociedad de consumo como pretexto para hacerse ilegalmente con la riqueza de otros.

No remiro las ofertas, porque me da pereza. Si tengo que gastar en algo, gasto, y en el precio pago el tiempo que me ahorro eludiendo la búsqueda de chollos. Compañías del mundo, por favor, no llaméis más a mi casa. No me interesan las promociones. Me podéis engañar, soy presa fácil. Pero por el amor de Dios, no me atosiguéis con vuestras magníficas oportunidades.

A estas alturas de mi vida, mediados los cuarenta, me interesan pocas cosas más allá de la mujer a la que amo, mi familia, mis amigos, escribir, viajar y trabajar para ganarme la vida. No estoy en Facebook ni en Twitter porque, ya lo he dicho, no soy un tipo social y no tengo necesidad de convertirme voluntariamente en un mosquito enredado en una telaraña que él mismo debe encargarse de mantener y acrecentar para atrapar a otros mosquitos en beneficio de la araña. Tengo un blog porque me gusta pensar por escrito entre novela y novela, como ahora.

Me sigue apasionando viajar, y lo hago como si no hubiera un mañana. Esta es una muestra de que mi posición no es ideológica, sino sinceramente vital. Nací para viajero rico, pero para mi desgracia no lo soy. Viajaría en primera clase si mis recursos me alcanzaran. No me interesan esos inventos de intercambiar casa o alquilar habitaciones compartidas para tener acceso a lugares del mundo a donde no llega la suma de mis euros. Si no puedo viajar a lo grande, me quedo en mi pueblo y espero tiempos mejores. Gran parte de la experiencia de viajar es la sensación de libertad suprema, y no la hay cuando no te da para sobrevolar un glaciar en helicóptero y cenar después en el mejor restaurante si es tu real gana.

No pretendo impartir doctrina. No quiero convencer a nadie para que abrace mis posturas. No intento sobresalir por originalidad. No soy más que un producto de mi tiempo. Me crié en los ochenta. Queríamos ser héroes solo por un día porque no había futuro. La luz que brillaba con el doble de intensidad duraba la mitad de tiempo. Soñábamos como si fuéramos a vivir siempre y vivíamos como si fuéramos a morir mañana.

Anuncios

From → Todo

Dejar un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: