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Médicos con orejeras

22 marzo, 2013

El otro día caminaba yo por la plaza de Colón de Madrid después de una entrevista de trabajo, emperifollado con el uniforme corbatero habitual en tales ocasiones. Al pie de los barcos pétreos de la plaza, me saltó al paso un voluntario de Médicos Sin Fronteras, de esos que abordan a los transeúntes con el honorable fin de contribuir a financiar su organización. Aunque estos nimios asaltos puedan molestarme como al que más, no soy dado a dejar a nadie con la palabra en la boca, y en tales ocasiones siempre me detengo para explicar al reclutante callejero que, o bien a) no me interesa su causa, o b) sí me interesa pero no puedo permitírmelo, o c) sí me interesa y puedo permitírmelo, pero hay otras causas que me son más cercanas y que agotan mi cuota solidaria. En este caso, la respuesta correcta era la b), pues, como ya he dejado claro aquí, mi situación laboral actual es la no laboral.

-Aunque me veas así vestido, no es que sea un ejecutivo forrado. Es que salgo de una entrevista de trabajo, pero estoy en paro y no tengo un chavo -le expliqué al bienintencionado asaltante.

-Ya, ya, comprendo -replicó, y acto seguido comenzó a lanzarme su rollo, dejando bien claro que no había comprendido nada.

Insistí, pero fue inútil. El menda me atacaba con el argumento insolente de que la aportación mínima son diez euros, y que esto, osaba él presuponer, me lo gastaba yo “solo con salir a la calle”. Ni hablar, opuse. Te aseguro que yo no. Pero de ningún modo pude librarme de escuchar toda su retahíla completa.

Entonces entendí que aquel sujeto no me creía. Que, en efecto, me suponía un ejecutivo forrado tratando de salir del paso con un embuste piadoso. Aquella misma mañana me sorprendió la visión de una cantidad desacostumbrada de mendigos en el centro de Madrid, bastante mayor de lo que siempre ha sido habitual. Y, en la plaza, un postulante resueltamente decidido a ignorar lo que ocurre a su alrededor tras el escudo protector de la acción solidaria en países lejanos. Aún no queremos enterarnos de lo que hemos llegado a ser. El tercer mundo lo tenemos en casa, pero preferimos seguir sin creérnoslo, en el convencimiento de que esto es solo temporal. Por mi parte, temo que no es así. Que no hemos tocado fondo, sino que un día llegamos a tocar techo y creímos que era el suelo por debajo. Que la continuación de todo lo de ahora aún nos deja muchos metros de caída. Pero preferimos seguir caminando con nuestras orejeras que solo nos permiten vislumbrar lo que ocurre muy lejos, impidiéndonos la visión periférica.

Tal vez, en cualquier caso, no haya otra salida para el futuro. Hay quien piensa que ahora estamos pagando los errores del pasado, y que solo dejará de haber un tercer mundo cuando deje de haber un primero y el eje de esta bendita Tierra pueda enderezarse. Aún estamos muy lejos de eso. Pero dadle tiempo.

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