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Los nuevos fachas

23 mayo, 2014

Para mí, y supongo que para muchos otros de mi generación, los nacidos en los sesenta, esa palabra clasifica un cajón de recuerdos propios, vividos y vívidos, no injertados ni transmitidos por tradición oral. Busco este término en el diccionario de la RAE online y, en su tercera acepción, encuentro dos entradas; una me redirige a “fascista” y la segunda define: “De ideología política reaccionaria”. No, no era esto. No es la llave que abre mi cajón. Pulso en “fascista” y se abre otra página. Allí figuran tres definiciones. “Perteneciente o relativo al fascismo” y “partidario de esta doctrina o movimiento social” no me dicen nada. La última, “excesivamente autoritario”. Bueno, desde luego que conservo memorias de mi infancia clasificadas bajo esta etiqueta, pero más bien relacionadas con algunos profesores que con ciertos compañeros de colegio.

Decepcionado, cierro la página de la RAE, me recuesto en la silla y descerrajo mentalmente mi cajón, del que empiezan a emerger aquellos recuerdos. Sí, es cierto que exhibían símbolos extraños, como unas flechas cruzadas y algo que parecía un puente doble, y solían lucir una profusión de banderitas de España, incluso en el reloj. E iban impecablemente peinados. Pero en realidad todo aquello no tenía nada de particular, pues cada cual tenía sus manías: había quienes coleccionaban cromos de Pirri, Santillana, Ayala o Gárate; y yo solía llevar un talismán, un pequeño leopardo de madera que me había regalado mi amigo Pablo, cuya tía era azafata de Iberia y solía viajar a Kenya, y que aún conservo (y de allí viene todo).

No, no eran los símbolos, sino lo que hacían. Eran pocos, una minoría, pero tenían amedrentados a los demás, que no se atrevían a decir nada que a ellos pudiera molestarles. La violencia que gastaban era sobre todo verbal, pero esa bastaba para que temieras la otra lo suficiente como para callarte. Solo toleraban que se pensara como ellos: dictaban las normas, aunque decían que ya no mandaban ellos, sino otros. Siempre se refugiaban en el grupo. Si te miraban mal, estabas perdido. Si tú les mirabas mal, estabas perdido. Si a alguno de los otros niños se le ocurría contar un chiste sobre ellos o sobre Franco, un señor del que yo solo sabía que había mandado y se había muerto, algún otro solía susurrar: “Calla, que como te oigan…”. Y a alguno le oyeron.

Pasaron los años. Allá por 1983 cumplí quince, los mismos que decía aquella canción de Paraíso, Para ti. En realidad este tema se había editado por primera vez cuatro años antes, pero yo lo descubrí por entonces. Y con él, una catarata fresca de música que me despertaba sensaciones nuevas, y algo que estaba ocurriendo en las calles; y comenzaron las noches de los viernes y sábados en el Splass de la calle Galileo, donde entrábamos gratis porque “dábamos ambiente”, y las mañanas de los domingos con caña y pincho de tortilla en La Bobia, y las cintas piratas del puesto del Drácula en El Rastro, y los conciertos en el Rock-Ola o en La Riviera, pocos, porque costaban dinero, igual que aquellas golosinas sonoras importadas de Inglaterra y envueltas en plástico que abarrotaban los cajones de Escridiscos y que raras veces podía comprar. Y mi primer beso, con Julia, que llevaba medias de red y era fan de los Depeche.

Y allí seguían ellos. De vez en cuando las noticias contaban cómo habían acorralado a algún pobre chaval que llevaba pintas raras y le habían propinado una inclemente paliza. Habían crecido, y utilizaban palos y bates de béisbol, pero yo sabía que eran los mismos, aquellos que en el colegio cantaban “Blas Piñar, arriba España, Fuerza Nueva no te engaña”. Cada vez que yo salía de mi casa, con mis pelos de punta cuidadosamente lacados, mis pantalones negros, mis cinturones y muñequeras de tachuelas, mis buguis negros de Swing y mis calcetines de un rabioso verde, amarillo, rosa o naranja, y mis camisetas de Virgin Prunes, Specimen, Bauhaus, Joy Division, Discharge, The Cure o Killing Joke, o de Eyeless in Gaza, que aquello sí que epataba porque nadie los conocía, siempre me rondaba la cabeza el pavor de que el azar me llevara a reencontrarme con ellos a la vuelta de cualquier esquina. Por suerte, nunca ocurrió.

Estamos en el siglo XXI. Y ellos siguen aquí. Siguen siendo pocos, una minoría, pero continúan amedrentando a muchos, que no se atreven a decir nada que a ellos pueda molestarles. La violencia que gastan es sobre todo verbal, pero basta para que temas la otra lo suficiente como para callarte. Y si emplean la otra, utilizan palos, piedras, botellas, cualquier cosa que haga daño. Solo toleran que se piense como ellos: dictan las normas, aunque dicen que no mandan ellos, sino otros. Siempre se refugian en el grupo, pero ahora además aprovechan el anonimato de internet, que por entonces no existía. Si te miran mal, estás perdido. Si tú les miras mal, estás perdido. Si a alguien se le ocurre contar un chiste sobre ellos o sobre sus francos, que ahora han cambiado de cara, algún otro susurra: “Calla, que como te oigan…”. Y a alguno le han oído.

Eso sí, ya no lucen flechas ni yugos, ni banderitas de España. Ahora odian todo eso y llevan otros emblemas diferentes, pero los símbolos siempre fueron lo de menos, porque cambian con el tiempo y la moda. Lo más curioso de todo es que han rejuvenecido. Los de ahora ya no tienen mi edad, sino que son mucho más jóvenes, casi niños. Nunca conocieron a aquellos de las banderitas en el reloj y el peinado impecable. No saben lo que era viajar en el autobús de camino al Splass bajo un continuo chorro de miradas reprobatorias. Cuando cayeron las Torres Gemelas, ellos acababan de descubrir a Bob Esponja y estaban aprendiendo a leer y escribir. En la época del 11-M, sus mayores preocupaciones en la vida eran que les llevaran al cine a ver Spider-Man 2 y que en los próximos Reyes les trajeran la PSP o la Nintendo DS. La última vez que ETA cometió un asesinato en España, se acababan de abrir la cuenta en Tuenti y estaban reventándose la primera espinilla frente al espejo antes de agarrar el skate o la bici para acercarse al half-pipe del parque. No tienen la menor idea de todo aquello.

Seguís estando aquí. Habéis cambiado, pero nunca os habéis ido. Y solo puedo deciros aquello de Muñoz Seca: podréis quitármelo todo, menos el miedo que os tengo. Y que siempre os he tenido.

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