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Los 75 céntimos

Oigo bastante revuelo y pataleo por el caso de una periodista a la que, al parecer, un medio le ofreció 75 céntimos por cada artículo publicado. La anécdota llegó a Twitter y se propagó bajo la etiqueta #gratisnotrabajo, levantando un tsunami de indignación entre el gremio periodístico al que, para bien o para mal, pertenezco. Muy bien. Todos nos rasgamos el carné de prensa, nos propinamos golpes de pecho con la grabadora, vomitamos todo el puré de guisantes sobre esa empresa ofertante (que no me he molestado en mirar cuál es) y nos jaleamos unos a otros sacudiéndonos las manos o, como decía el señor Lobo…

Pero una vez cumplida esta liturgia corporativista, tal vez conviene que nos sentemos a discurrir. Y podemos conformarnos con disparar culpas, con salmodiar nuestra cantinela sobre la crisis, la falta de respeto a la profesión, la incomprensión pública para con el reporterismo aguerrido y romántico, o la inanidad de una sociedad que paga para que un embaucador que dice hablar con los muertos haga llorar de emoción a la excuñada de un extorero frente a una cámara, pero no para saber qué está ocurriendo en Kenya (un poner). Podemos conformarnos con todo esto, pero no estamos explicando el problema.

Nos guste o no, vivimos en una sociedad donde las cosas valen lo que alguien paga por ellas. Si de algo hay mucho y se demanda poco, es barato. Si hay poco y se demanda mucho, es caro. Así funciona. Si no fuera concebible ofrecer a alguien 75 céntimos por un artículo periodístico, tal situación nunca se plantearía, como nadie llamaría al fontanero ofreciéndole 75 céntimos a cambio de un arreglo de cañerías. Así que la pregunta es: ¿Por qué el precio de la información es tan bajo? ¿Hay demasiada? ¿Se demanda poco?

Mi respuesta es que lo segundo. No creo que haya demasiada información, pero no importa. Porque a nadie, empezando por quienes dirigen los medios y continuando por quienes los consumen, le interesa verdaderamente la información como fin, sino sólo como medio para propugnar ideología. Las grandes cifras del periodismo están en la opinión, no en la información. En la doctrina. En la arenga. En la soflama. La información no es más que el bidón para poder vender a los lectores/oyentes/espectadores el combustible que están esperando para pegar fuego a la bandera que cada cual quiere achicharrar. Y nadie paga mucho por un bidón vacío.

Un veterano profesor decía que la profesionalidad en el periodismo reside en la información, y que la opinión la hace cualquier idiota (periodista o no). Sabia reflexión académica desde una lejana galaxia a años luz de la calle. Aquel profesor no dijo, y lo añado yo, que la segunda parte del aserto no es potencia sino realidad: opinar lo está haciendo mucho idiota todos los días en todos los medios. Y, sin embargo, esto es lo que compra quien se deja su par de euros en el quiosco: la parcialidad, la verdad a medias, la hemiplejia moral que decía Ortega. Los dueños de los medios saben que eso se paga, y por eso lo pagan. Así que, ¿por qué nos vamos a sorprender ahora de que la información, con todas esas tonterías anticuadas de la veracidad, la contrastación, el rigor y la neutralidad, no valga más que unos céntimos? No hay más que mirar a diario la portada de cualquier periódico (a diestra y siniestra) para sentirse de inmediato como el cura de El exorcista frente a la cama de la niña. Los propios periodistas, y quienes nos dirigen, hemos devaluado el periodismo. Ese es hoy el precio justo del escaparate de la información: 75 céntimos.

Para terminar, cito a Unamuno, aunque sin entrecomillar porque no recuerdo la literalidad de la cita, cuando decía que al español le gusta desayunarse leyendo el periódico no para formarse un juicio sobre las cosas, sino para que su periódico le ratifique el juicio que él ya trae puesto de casa. El español, y esto ya no es de Unamuno sino de mi última novela, compra sus soflamas y paga su desayuno, pero para informarse ya están los bares, y eso va en la propina.

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Los premios

Hace unos años, cuando mi actividad literaria me condujo hasta la periferia de la jungla editorial, conocí con meses de antelación qué renombrado autor iba a ganar un importante premio de esos que supuestamente se fallan “en caliente”. Quien me contó esto también me sopló que el autor en cuestión se había recluido lejos del mundanal rüido para alumbrar la obra que sin duda iba a resultar merecedora del premio, y que esa reclusión se había ejecutado después de que el plazo oficial de presentación de manuscritos hubiese terminado.

Durante un evento al que acudí desde mi sotobosque, escuché con mudo asombro una conversación entre varios especímenes de la jungla. Uno de ellos contaba cómo uno de los candidatos seleccionados para aspirar a otro premio había asistido a la ceremonia del fallo y la entrega hecho un ramillete de nervios. “Pobrecillo”, opinaba otro. “Es una crueldad que los inviten, pero al menos alguien debería haberle avisado”, apuntaba un tercero. Cómo no sabía aquel cándido autor que no solamente carecía de la más mínima posibilidad de alzarse con la estatuilla, sino que, si su novela estaba entre las finalistas, era precisamente para justificar que la ganadora era muy superior al resto, coincidieron los presentes antes de fundirse en un cálido brindis de hermanamiento.

Recientemente, otro habitante de la jungla, este muy querido para mí, me contaba cómo cierta gran figura de las letras había recibido año tras año una llamada telefónica que trataba de convencerle para que “ganase” un importante premio, y cómo el autor en cuestión, de valores éticos intachables, lo había rechazado por repugnarle la idea de participar en semejante farsa. Eso sí, cuando el teléfono dejó de sonar, se llevó un sofocón.

Cuento todo esto porque en reuniones de amigos me suelen sugerir que me presente a algún premio y, cuando explico todo lo anterior, el coro de gestos boquiabiertos me lleva a la conclusión de que la patraña de los premios literarios es uno de los secretos a voces mejor guardados. A voces, porque no solo toda la fauna, sino incluso la flora del mundo editorial -hasta el ficus del despacho de cualquier editor- parece estar en este ajo. Y mejor guardados porque, invariablemente y a pesar de ello, en cada nueva edición de los premios se presentan cientos de originales de escritores incautos que ejercen de primos en este frustrante tocomocho.

Los autores tenemos hoy la suerte de que internet ha arrebatado parte del fuego prometeico, aunque no haya llegado a dejarlo sin antorcha, a un cierto escalón del patio carcelario, y nuestras obras pueden propagarse a través de blogs literarios y personales sin que nos veamos obligados a ir más allá de esa periferia en la que algunos nos encontramos suficientemente cómodos y en la que no tenemos la obligación de ejercer de claque ante críticos, editores que no sean el propio, concejales de cultura y deportes o escritores jurados (versión del guarda jurado que abre o cierra las puertas de la jungla).

Tal vez lo que cuento aquí resulte descorazonador para algunos autores que luchan por una oportunidad. Otros negarán todo conocimiento. Pero estoy seguro de que muchos lo encontrarán ingenuamente divertido. Para los primeros, cito a Dante:

“¡Oh, vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!”

Prometo que otro día traeré mejores noticias.

¿Por qué?

Eso, ¿por qué? ¿Qué necesidad hay de otro blog más?

Hace un puñado de años -un puñado es poco-, la red pasó de ser el cofre que uno abría en busca de tesoros a convertirse en la bolsa de papel que muchos abren para vomitar. No voy a desvelar aquí a nadie los beneficios de esto de internet. Como periodista sé que, si la red se apagara, al día siguiente los quioscos sólo podrían vender chuches y revistas (esto, amigos no periodistas, créanlo, no es una hipérbole, sino la más cruda realidad). Y como escritor, las incontables visitas a hemerotecas y bibliotecas que nos ha evitado la red nos han ahorrado una fortuna en suelas, gasoil y bonobuses (o su equivalente de este siglo, perdónenme).

Pero… La red se ahoga en su propio éxito, y no precisamente en agua. El triunfo de los blogs hizo de internet el reino de la irrelevancia, donde todos parecemos contar todo aquello que no interesa a nadie salvo a nosotros mismos. La red es el nuevo barman o, traducido al argentino, el nuevo psicoanalista. Esto implica que bajo la música que suena se acumula un volumen de ruido que apenas deja escuchar la melodía, si es que nos queda algo de melodía. Y lo que es peor, gran parte de ese ruido está cargado de violencia, agresividad y mala leche, parapetadas tras una careta de anonimato. Eso es internet. El ruido y la furia. Tomo prestado de Shakespeare (o de quien realmente escribiese sus obras):

“¡La vida no es más que […] un cuento narrado por un idiota con gran aparato, y que nada significa!…”

(Nota: así figura en la edición de Macbeth de 1927 publicada por Espasa Calpe que tengo en mi librería. Lo del ruido y la furia debió de aparecer en traducciones posteriores, cuando se juzgó inapropiado hablar del tamaño del aparato del idiota)

El problema es que, ya lo sabemos, la peste se contagia con mucha más facilidad que la belleza. Y cuando todos gritan, uno se siente obligado a carraspear. Así que perdónenme. Escribo bajito porque no me gusta gritar. Y si en ocasiones siento náuseas, me arreglo con una generosa ración de bicarbonato genérico en cómodas monodosis.