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En recuerdo de Nacho García Valiño (1968-2014)

6 julio, 2014

Conocí al Nacho al que aún nadie conocía, y apenas llegué a conocer al que fue conocido por todos.

Por circunstancias que no vienen al caso y que pertenecen a nuestra común memoria privada, la vida nos agitó en el mismo cubilete allá por nuestros veinte años. Él daba un fenotipo peculiar y poco visto, de los que desafían el primer repaso, tal vez por el contraste entre la aparente fortaleza de su mandíbula y el aspecto debilucho de su pelo enrubiado que caía insuficiente y enclenque en flequillo ochentero sobre una frente demasiado alta. Entre ambos, se hundían dos pequeños ojos claros que parecían psicoanalizarte o convertirte en potencial personaje de relato cuando te escrutaban al primer silencio. Por entonces él estudiaba Psicología, creo recordar que en la Universidad de Comillas, y yo Biología en la Autónoma. Su poco atlética presencia y su carácter soñador eran motivos idóneos para erigirse en el perro verde del ambiente en el que la tradición familiar le había colocado y en el que nunca llegó a descuajarse: la llamaban “la Gene”, nada menos que la residencia de estudiantes Generalísimo Franco, junto a la Escuela Oficial de Idiomas de Madrid. Se escapaba de allí siempre que podía, especialmente cuando daban fútbol en la tele, y a veces nos hacíamos un cine juntos.

Con los demás, nuestros amigos comunes de entonces, también se integró peor que mejor. Nacho es Nacho, solíamos decir. Si no le gustaba la película que habíamos elegido, simplemente se marchaba a rumiar su soledad por ahí. El continuo runrún de lo que traslucía como una complicada vida interior en muchas ocasiones le complicaba la exterior. Pero cuando se vertía hacia fuera y entraba en modo parlanchín, era un camarada divertido y estimable, aunque no llegaba a lograr que las chicas descubrieran lo que había más allá de esa fachada arriesgada.

Nuestra común afición a la literatura nos llevó a fundar una especie de revista amateur, más bien un fanzine de ámbito enormemente restringido. En La carta de Pandora publiqué por primera vez alguno de los únicos poemas que jamás he escrito y que guardo bajo siete llaves. No recuerdo cuántos números llegamos a lanzar, pero es incluso posible que llegase a encontrar alguno de aquellos ejemplares si me diera por rebuscar en el ominoso archivo personal de mi biblioteca. Él llevaba casi todo el peso de la publicación, porque se lo tomaba más en serio que yo. Aun así, una frase suya dirigida hacia mí ha resistido todas las purgas de mi memoria desde entonces: “Tienes alma de poeta, pero te falta técnica de poeta”. Me empujó a aprender. Y a ceñirme a la prosa.

Por entonces nos leíamos y nos criticábamos mutuamente. Conservo un manuscrito suyo aún escrito a máquina, una colección de relatos titulada Indeciso camino del refugio, y la primera novela que publicó, El vuelo de la lechuza, acreedora del premio Castilla-La Mancha de novela corta. Al contrario que yo, que por entonces contemplaba la literatura como un mero divertimento al que nunca pensé en dedicarme, él se tomaba su oficio de escritor muy a pecho, presentando sus obras a todos los premios de los que tenía noticia y comenzando a despuntar. Supongo que si, por entonces, hubiéramos sido cuatro o cinco en lugar de solo dos, de allí habría salido uno de esos grupúsculos literarios de pomposa nombradía. Pero más allá de la amistad con Nacho, nunca me atrajo la banalidad del ambiente cultureta.

Después, otras vicisitudes nos condujeron por caminos divergentes y perdimos el contacto. Supe de los éxitos que merecía su talento, de sus obras finalistas en el Nadal y el Torrevieja. Coincidimos en una boda de amigos comunes a la que yo acudí con mi novia de entonces, él aún soltero y solitario. Por motivos que solo Nacho debía de alcanzar a comprender, él sufrió una especie de fascinación repentina y obsesiva por mi chica, quien después de la fiesta me hizo notar: “Ese amigo tuyo es un poco raro, ¿no?”. “Nacho es Nacho”, le respondí, sabiendo que aquel era simplemente un argumento circular incomprensible para los que no se hubieran iniciado mucho antes en la nachología.

Muchos años más tarde devinimos nuevamente en compañeros de armas literarias cuando Plaza & Janés decidió publicar mi primera novela, El señor de las llanuras. Casi coincidiendo en el tiempo, Nacho estrenaba El corazón de la materia en la misma editorial. Me apeteció entrevistarle para el diario en el que yo trabajaba por entonces, excusa para un reencuentro que me hizo notarle más equilibrado, sagaz, ocurrente y cariñoso. Nacho aún era Nacho, pero un Nacho más hecho, en el que cabían nuevos mundos además del suyo. El amor le había pulido como a tantos, pensé, aunque reconocí lo aventurado de mi juicio desde una posición ya externa a su círculo. Me dedicó un ejemplar “con mucho cariño en este entrañable reencuentro después de tantos años. Azares de la vida… ¡Qué bonito es el azar!”.

Nos encontramos de nuevo hace tres o cuatro años, la última vez que se celebró el premio Torrevieja, cuando, si mal no recuerdo, se lo dieron a Martín Garzo. Cenamos cubierto con cubierto, y en aquel par de horas transcurridas entre el ruido vacío y los plumajes hinchados de tales galas, apenas hice otra cosa sino disfrutar de la conversación con él. Le diagnostiqué como el mejor Nacho que había conocido. Para algunas personas, hallarse fuera de sí es lo más conveniente que puede ocurrirles, y él se había vuelto de su propio revés hacia su mujer, sus hijos, su trabajo de psicólogo infantil y su dulce vida al sol del sur. Le recordé El vuelo de la lechuza. “¡Ni se te ocurra enseñárselo a nadie!”, me respondió en una catarata sonriente. Por lo que dicen, parece ser que por entonces ya debía de estar enfermo, aunque no me lo dijo. Hicimos un propósito de mantenernos en línea que mutuamente incumplimos. Jamás sospeché que la próxima vez que supiera de él sería por un obituario.

He querido escribir estos retazos simplemente para mí, con el fin de conservarlos en fresco y que no se extingan para siempre como lo ha hecho su vida. Nacho siempre será Nacho gracias a los que sigamos recordándole. Esta es mi pequeña aportación.

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2 comentarios
  1. Sofía permalink

    Y si… Nacho es Nacho. Yo tengo guardadas las “cartas de Pandora” en las que colaboré con vosotros y una poesía que me escribió en mis 20 y algo años (no me acuerdo cuales), escrita a máquina y preciosa por cierta. Prometo buscarla.

    • Hola, Sofía, me acuerdo de ti, gracias por escribir. Conserva bien esas joyas, siempre es bueno mirar hacia atrás para recordar qué nos hemos dejado por el camino y qué hemos perdido para siempre.
      Un beso.

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